domingo, 15 de marzo de 2009

LOS ABRAZOS ROTOS




País: España. Dirección y guión: Pedro Almodóvar. Intérpretes: Penélope Cruz, Lluís Homar, Blanca Portillo, Ángela Molina, Rossy de Palma, Lola Dueñas, Chus Lampreave, Carmen Machi, Kiti Manver. Música: Alberto Iglesias. Fotografía: Rodrigo Prieto. Distribuye en Cine: Warner. Duración: 125 min. Público apropiado: Adultos Género: Drama. Estreno: 18-03-2009. Contenidos: XD.

Más cine, por favor
Madrid, 2008. Harry Caine es el alias de un director de cine (Mateo Blanco) que perdió la vista, y a la mujer que amaba, en un trágico accidente catorce años antes. Ahora sobrevive escribiendo guiones con la ayuda de Diego, el hijo de Judit su antigua productora, a la vez que intenta evadirse de su angustia con las fugaces aventuras eróticas que mantiene con desconocidas. Caine pretende haber sepultado su pasado (por eso emplea este seudónimo) pero un día sus peores pesadillas reaparecen en la persona de un siniestro aspirante a director: Ray X. Tal encuentro le forzará a rendir cuentas con su vida y su obra fílmica.

Pedro Almodóvar rinde homenaje en Los abrazos rotos a su gran amor: el cine; y a sus géneros favoritos: la comedia, el melodrama y el cine negro. Por todo ello, el realizador manchego se permite la autocita (Mujeres al borde de un ataque de nervios) y crea un alter ego en la figura del director Mateo Blanco, interpretado por Lluis Homar y vestido con el atuendo que el propio Almodóvar usaba en los noventa. También maquilla y viste a Penélope Cruz como Audrey Hepburn, y en alguna escena la actriz madrileña adopta un gesto que recuerda remotamente al de Sean Young en Blade Runner.

Junto a todo esto, tampoco se resiste el manchego a hacer guiños a diversos realizadores como Rossellini (Te querré siempre), Louis Malle (Ascensor para el cadalso) o Woody Allen (Un final made in Hollywood). Tres filmes que aluden a los temas centrales de Los abrazos rotos: el amor, incluso obsesivo (¿o la ley del deseo?), la muerte y la creación artística.

Con esta producción, que no llega a la altura de otras películas suyas (como Volver o Todo sobre mi madre), Almodóvar dirige la mirada hacia sí mismo (señaló en la rueda de prensa de presentación del filme que en la medida en que se va haciendo mayor le gusta más una vida de interiores, sin tanto ajetreo exterior) y vuelca sus temas y obsesiones centrales en una trama que, salvo en los primeros minutos, carece de fuerza y trascendencia. Tal vez el motivo sea haber dejado de lado la dimensión misteriosa que envuelve al amor, la muerte y la creación. Cuando presentó su anterior filme, Volver, aseguró que se había enfrentado al enigma de la muerte, pero a costa de negar todo misterio al respecto; algo que resulta palpable tras su visionado.

Eros y thanatos

Por tanto, al esquivar toda incógnita sobre el más allá (Almodóvar también confesó, en la rueda de prensa citada, el siguiente contrasentido: rezo aunque no soy creyente ¿?) la vida queda sometida ¡cómo no! a la “ley del deseo”. Un deseo, por otra parte, muy cercano a la muerte. “Por razones que desconozco, afirmó Buñuel, he encontrado siempre en el acto sexual una cierta similitud con la muerte, una relación secreta pero constante”. Y no es casualidad que en Los abrazos rotos se aprecie esta conexión entre eros y thanatos, incluso de manera explícita en alguna escena.

La explicación de este fenómeno hay que buscarla en la negación de la autotrascendencia de la existencia humana. Dicho de forma positiva: el ser humano, advierte Frankl, se autorrealiza en la medida en que se trasciende al servicio de una causa o en el amor a otra persona. Es decir, el hombre sólo se humaniza plenamente cuando se pasa por alto y se olvida de sí mismo.

Sin embargo, las escenas eróticas de Los abrazos rotos carecen de estas cualidades, más bien parecen ser meros desahogos físicos, que en el mejor de los casos dejan una cierta vinculación sentimental más o menos obsesiva (el amor fou) pero con el regusto amargo del vacío y de la muerte al acecho. Los personajes de Almodóvar, como los del mundo real, participan en una carrera imparable de obstáculos impulsados por sus deseos. No cesan de anhelar nuevos objetos y nuevas personas que una vez obtenidos les dejan de nuevo insatisfechos. Aquí radica el misterio de la felicidad. Un enigma que no se puede anular a no ser que se quiera reducir al hombre a una pasión inútil.

Pues si resulta que poseemos una capacidad infinita de querer y advertimos que tras esa voluntad inextinguible late una verdadera apertura a la trascendencia, el absurdo se transforma en misterio: un Bien infinito nos atrae. Todo esto sería imposible dentro del ámbito de la finitud. Ese bien ilimitado no se sustituye con una infinitud de bienes caducos y pasajeros. Almodóvar no llega a vislumbrar que en el encuentro en el que consiste el amor personal también se entrevé una vía al absoluto. El amor personal no se reduce a un mero intercambio de fluidos o placeres, sino que es un acontecimiento de participación en un Bien mayor.

Amor y eternidad

El amor y la entrega totales forjan a la persona, de ahí que todo amor verdadero anhele la eternidad, y no conciba su final como algo lógico. Marcel lo expresó diciendo que amar a una persona es manifestarle que no morirá jamás. Y Ortega y Gasset explicaba que querer a alguien supone no poder concebir un universo donde esa persona no esté presente (una idea que refleja el desenlace de Inteligencia artificial, de Spielberg). Por eso el amor pide de suyo eternidad. La supervivencia del amor más allá de la muerte es un tema recurrente también en el cine, como se puede observar en Always, Más allá de los sueños o El sexto sentido, por citar unos pocos ejemplos. Incluso el filme de Rossellini citado por Almodóvar (Te querré siempre) pierde su fuerza en el contexto agnóstico de Los abrazos rotos.

Si se niega la trascendencia toda narración vital, y en concreto el argumento amoroso, queda reducida a una farsa, a una pasión inútil. Todo se resumiría en una representación que esconde la nada y el absurdo tras sus artificios. Cualquier realización valiosa de la persona estaría sometida a la fugacidad de las apariencias y destinada a ser aniquilada. Si la persona se reduce a un puñado de átomos reunidos al azar, en el fondo no existe nadie, nunca existió ningún sujeto. La muerte revelaría un vacío que siempre estuvo ahí.

Fotos y abrazos rotos

Declara Almodóvar la consabida idea de que la vida es dura, terrible y caótica pero que el arte confiere a lo real una finalidad, un orden, un sentido del que carece por sí mismo. Un concepto que se expresa en Los abrazos rotos con la metáfora de la foto descompuesta en mil pedazos y que uno de los personajes intenta recomponer (un símil ya visto, por ejemplo, en Amelie).

De todos modos este tópico no resiste un análisis riguroso porque el arte forma parte de la vida y si podemos dar orden a nuestras historias (o recomponer una fotografía) tal vez sea porque esa misma vida ya tiene una cierta configuración y sentido, aunque no sea fácil descubrirlo, sobre todo en los momentos más trágicos de nuestra existencia, como refleja el filme de Richard Attenborough Tierras de penumbra.

Habría que sugerir, más bien, que este sentido no es creado por el hombre, más bien es algo o alguien que encuentra en su vida. Por eso el amor, el trabajo creativo, la religión e incluso el sacrificio constituyen aspectos de la realidad que otorgan significado y sentido a la vida humana.

Incluso la creación artística, otro de los asuntos sobre los que reflexiona Almodóvar en Los abrazos rotos, al ser una expresión de nuestros anhelos, no se puede entender sin la referencia al misterio de la trascendencia. En ella comparece lo simbólico, y el símbolo, decía Ricoeur, da que pensar. El símbolo, por tanto, es el medio en el cual se puede exponer, de un modo sensible, la dimensión sagrada y religiosa del ser humano. Mediante lo simbólico puede llevarse a cabo una creación artística que manifieste lo sagrado. Por eso Eugenio Trías afirma que el arte,

“sin ese referente (sin la compleja presencia/ausencia de lo sagrado), no puede desplegar su vocación y su designio: el de bañar con una aureola de resplandor aquello en lo cual interviene: un espacio urbano o monumental, o un argumento musical o narrativo, o una instantánea poética, o un poema visual capaz de plasmarse en una imagen pictórica. (...) El gran arte moderno resiste siempre en relación al flujo y reflujo de esa marea (nihilismo). Se aviene mal con el grito de guerra del profeta nietzscheano (“Dios ha muerto”). El referente sagrado existe, insiste y resiste (...). El arte es, de hecho, una protesta de sentido en relación a la muerte. Postula una vida nueva resucitada, recreada” (Pensar la religión, Destino, Barcelona 1997, pp.118, 120).

¡Ojalá Almodóvar nos brinde algo así en sus futuras producciones!